Gracias a la verdadera torpeza intelectual del director del colegio de Port Huron, Nancy Elliot,
madre de Edison, tomaría las riendas de su educación. Nancy había
ejercido como profesora en su etapa de soltera y consiguió inculcarle
una de las lecciones más importantes y difíciles de su historia:
despertar en él un afán de curiosidad sin límites, que le acompañaría
hasta el final de sus días. En este sentido, a los diez años, Edison ya
había montado un laboratorio en el sótano de su casa y daba sus primeros
pasos en el ámbito de la química y la física. Fue aquí donde el
pequeño inventor descubrió que su creatividad le podía servirle para
ganarse la vida.
El joven Edison abandonó la casa de sus
padres a los 16 años y dio varios palos de ciego hasta asentarse en la
vida: trabajó en la línea de tren entre Port Huron y Detroit durante la
Guerra de Secesión, fundó un periódico amateur -Weekly Herald-, fue
telegrafista, etc. Asimismo, ciudades como Indianápolis, Cincinnati,
Nashville y Memphis fueron testigos del paso de Edison en busca de la
estabilidad hasta que en Boston abandonó su puesto de trabajo y,
empujado por el libro del británico Michael Faraday Experimental Researches in Elctricity, decidió hacerse inventor autónomo.
En 1868 registró su primera patente. Se trataba de un contador eléctrico de votos para el Congreso de los Estados Unidos,
pero los congresistas de la época calificaron su instrumento de
“superfluo”. Debido a este otro incidente, Edison aprendería otra de las
lecciones más determinantes en su carrera profesional: “Un invento, por
encima de todo, debía ser necesario”.
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